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Artículo del día 26/08/2005


Olga Ramos


Daniel Martín



Descubrí a Olga Ramos hará unos 20 años en Las noches del cuplé, un local que ella misma regentaba en la madrileña calle de La Palma. Servidor todavía no era mayor de edad, y asistí alucinado al espectáculo de una señora, únicamente acompañada por una pianista, cantando canciones picantes –un tanto ingenuas para un adolescente, pero prohibitivas en presencia de los padres de uno– mientras con los ojos conseguía –con una mirada entre pícara y tímida, si eso sigue siendo posible– insinuar mucho más que las palabras de la canción, completar así el conjunto más humorístico que escandaloso, por lo menos en los años 80.

Olga Ramos falleció ayer en Madrid a los 87 años de edad. Hacía seis que la especulación inmobiliaria había cerrado su local y su voz se había silenciado salvo en contadas ocasiones. Toda un alegoría de los Tiempos Modernos que arrebató a la cupletista a un público entregado que llenaba el garito noche tras noche. Como la mayoría de los madrileños, La Ramos había nacido en provincias, más concretamente en Badajoz, y cuando quiso ser artista su padre la obligó a estudiar con profesores del Conservatorio y así, primero en Badajoz y luego en Madrid, estudió violín con Joaquín Macedo, Antonio Bordas y Enrique Iniesta; declamación con Nieves Suárez y José Franco; baile como Carmelita Sevilla y canto con Carmen Vivó. Es decir, se preparó concienzudamente y, gracias a eso, durante muchos años se ganó la vida tocando el violín donde bien tuvieran a pagarle unas perras.

En el escenario, aquella señorona de muchos años, maquillaje espeso y bello mantón se convertía en una mujer provocativa, vivaracha, insinuante, absolutamente divina –en el sentido clásico del término, no en el actual, el ridículo “divinas de la muerte”– en ese espectáculo que hacía volar los minutos mientras cantaba cuplé tras cuplé, con su voz de terciopelo castizo y sus hábiles giros en los versos para arrancar del público carcajadas y risas sin parar. Aquel local donde “vivía” Olga Ramos era un templo del Arte más puro, de la cultura popular auténtica, del verdadero talento español, ese que ya no existe.

El cuplé como género están tan caduco que es casi imposible encontrar algún libro, CD, DVD o web donde localizar letras, no digo músicas. Nacido en el XIX, fue cauce para que se dijese cantando lo que, casi nunca en España, no estaba permitido decir hablando, ya fuese en el terreno erótico, ya fuese en el político. Ya en el siglo XX el cuplé fue una de las máximas formas de expresión de una cultura popular ingeniosa, ocurrente, divertida, y de la que brotaban sin parar coplillas, epigramas, jotas, etc.

Por ejemplo, La Chelito cantando Un paseo en auto era todo un acontecimiento y, como ahora todos conocemos las letras de María Isabel, la gente coreaba en los teatros aquel estribillo de doble significado:

Tanto sufría yo al mirar que el ahogo no lograba que aquello marchara, que por fin me arriesgué y al muchacho ayudé para que su motor funcionara.

Este es un simple ejemplo de las cosas del cuplé, una forma de hacer música que Olga Ramos se ocupó de mantener viva durante toda la Transición, hasta que derribaron en 1999 la finca donde residía su transitado local. Cantaba viejas canciones como La Chica del 17, El sátiro del ABC o Consejos de la viuda y te transportaba a otra época donde había más inteligencia, menos libertad pero más necesidad de decir cosas y disfrutarlas.

Con Olga Ramos desaparece una manera de entender la cultura. Una manera más inteligente y profunda. Claro que la defunción del cuplé data de tiempo atrás, cuando España comenzó a perder su identidad y los Machado, Quintero, León y Quiroga pasaron su testigo a los Capón, Benito y Migueli. El cuplé era fruto de una sociedad que necesitaba reír, y en la que rebosaba el talento a raudales. Una sociedad en el que la música decía cosas mucho más interesantes que la estúpida letra del último anuncio de CocaCola, la chabacana pretenciosidad del hip-hop y la vaciedad que rodea a María Isabel, Santa Justa Klan y OT.

Olga Ramos murió siendo una gran desconocida para la mayor parte de los españoles. En ese sentido, era una reliquia de nuestro pasado glorioso, el rico, el ingenioso, el divertido, el creativo, el pasado alegre y constructivo. Aquí, el Arte camina perdido, la Historia cabreada y los ánimos enfrentados. Justo lo que no pega con los cuplés que Olga Ramos bordaba y que su hija, Olga María, intenta mantener con un mínimo hálito de vida.