21-9-2.000
INTERIOR DÍA 00
VAGON DE TREN
María, rubia, resultona, ya madurita (algo que no acaba de aceptar) se despierta sobresaltada ante la brusca e inesperada parada del tren.
Se precipita a la ventanilla y retira rápidamente la cortinilla que la cubre.
Ante sus ojos se alza un destartalado edificio. En su desconchada fachada cuelga un viejo cartel en el que, a duras penas, se lee: ROBLEDALES.
Por el anden corren algunas personas en dirección a la cabecera del flamante convoy, un tren de alta tecnología que jamás se ha detenido en esta estación. Gritan y gesticulan tratando de organizar el desorden. Es difícil entenderles pero, al fin, una voz más nítida desvela el por qué del tumulto:
VOZ
¡Ha sido horrible! Un rebaño cruzaba la vía. El expreso de las doce se las ha llevado por delante.
El revisor, un hombre enjuto al que le viene grande la gorra, acaba de aparecer en el compartimiento.
REVISOR
Parece ser que a seis kilómetros de aquí, el expreso de Cádiz ha atropellado a un rebaño de ovejas. Tranquilícense. Les mantendré informados.
MARÍA
¿Cuánto supone que nos demorará esto?
María se asombra de su frialdad. Seis kilómetros adelante decenas de ovejas yacen destrozadas; quizás, algunas aún vivan. Y ella sólo se preocupa de su cita con el imbécil de Bermúdez, un cliente difícil, que tiene amargados a toda la oficina, porque nunca le cuadra nada y siempre está pidiendo imposibles.
REVISOR
Aún no sabemos los daños. Si no consiguen despejar la vía, tendrán que esperar a que les recoja un autocar.
Otros viajeros se han ido arremolinando alrededor del revisor. Están alterados; todos hablan al unísono produciendo un run-run ensordecedor.
Los móviles proliferan, entablándose entonces un cruce de frases idénticas que expresan su disgusto
María se sienta y vuelve a mirar al anden. En el suelo, húmedo por el reciente chaparrón, se perfilan las huellas de los que momentos antes corrían hacia la máquina.
Han llegado más lugareños. Por fin pueden contemplar estático, el veloz tren que, cada día, cruza con desdén y a velocidad del rayo, la humilde estación de ROBLEDALES.
María enciende un cigarrillo parsimoniosamente. Aspira el humo con deleite y sonríe pensando en la espléndida disculpa que tiene para Bermúdez: Tropecientas ovejas detienen el Ave Madrid-Sevilla.
La gente, sencilla y paleta, para qué andarse con rodeos, ha llegado al pie mismo del tren. Alguien golpea el grueso cristal del repentino escaparate en que se ha convertido su compartimiento.
Una mujer regordeta, con un gran pañuelo negro a la cabeza sonríe, dejando entrever una desigual y parduzca hilera de dientes.
MUJER
¡A 1 euro, señorita!
Mantecadas caseras, recientes y calentitas.
El marketing ha llegado a ROBLEDALES.
Algunos viajeros se acercan a la puerta del vagón con las brillantes monedas.
¡Caramba con la aborigen...! Y es que la ocasión la pinta en calva.