EL DEPREDADOR
Una historia para no dormir
A principios del 99 apareció en nuestras vidas el depredador. Entró en nuestro querido local avasallando. Por sus fauces lanzaba amenazas aterradoras. Nos vapuleó, acorraló, asedió y, finalmente, nos venció. Su actitud no se ceñía al perfil de un técnico municipal que ejecutaba su trabajo, había odio… Ahora he sabido que era simple interés.
Me citaban en Gerencia de Urbanismo a las 9, hora intempestiva para una trabajadora que echaba el cierre cada noche a altas horas de la madrugada. Pero ahí estaba yo: asustada, angustiada, ojerosa e indignada porque no venían a ver mi local, que es lo que yo pedía. En mi ingenuidad pensaba que al verlo tan bello, tan emblemático (Barranco, cuando era alcalde, sugirió que debía ser declarado de interés turístico madrileño algo que, lamentablemente, no llevó a efecto) se les movería el alma y comprenderían que aquello no debía desaparecer. Pero volvamos a aquellas inútiles mañanas en Gerencia de Urbanismo. Siempre me recibía un funcionario blindado ante cualquier sentimentalidad y justicia. Era un bloque de hielo que no atendía a mis razones “Tienen que verlo, Madrid no puede permitir que desaparezca…” y el tipo seguía escribiendo sin levantar la mirada. Una mañana, ante mi desesperación, un señor de un despacho cercano me escuchó y, supongo que conmovido, me preguntó qué ocurría. “¡Por fin una mano tendida!” pensé y le rogué una reunión en el local para que, in situ, comprobaran que aquel local tan tradicional no podía perderse.
Días después tuvo lugar el encuentro. Junto a mis empleados-amigos preparé el escenario. Sobre el diván nuestros mejores mantones; la pianola, rejuvenecida por la ilusión, era depositaria del fonógrafo centenario, las partituras irremplazables: “La chica del 17”, “El Conde de Luxemburgo”, “La cumparsita”, “Candilejas”, “Fascinación”, “El Cipriano”, “La Revoltosa”, “Scherezade”, “Las tardes del Ritz”, “La Canción del olvido”; el violín francés de escuela italiana… Frente a la pianola, la silla de la telefónica que tantas noches acogió a Fortunata y en la que, allá por los años 20’, se sentaron las chicas más adelantadas de su época, que era un desatino trabajar fuera del hogar o el taller de costura; las candilejas que habían pertenecido a un paso de Semana Santa cumplían de nuevo su misión alumbrando con sus candiles aquel Templo del cuplé; en el centro del escenario, el atril de bronce; en la pared lateral, los marcos labrados del Palacio del Duque de Osuna; el telón de fondo presentando a unas cupletistas de chillones trajes que, ilusionadas, miraban coquetas al respetable (no sabían que allí estaría el depredador) ¡Qué preciosa pintura realizada años atrás por los alumnos de la cercana Escuela de Artes y Oficios! El escenario era un ascua de luz dorada y cálida. Allí quedaba la parte material, aunque cada objeto tuviese para mí su propia alma.
La parte humana estaba en el salón: Mi madre, octogenial y confiada, creyendo que sus méritos la permitirían conservar lo que ella llamaba su trono; la vecina ciega del 4º que había nacido en esa casa y que no comprendía que los que habían jugado con ella de pequeña (los herederos que ahora nos echaban) podrían desalojarnos sin contemplaciones; los empleados que como una piña nos rodeaban, oliéndose el desenlace fatal; mis tías, fiel matriarcado, que tampoco entendían nada “¡Con lo que Olga Ramos ha entregado a Madrid!”. Terminó la visita y la esperanza anidó de nuevo en mi corazón. ¡Vana quimera!
Una mañana la propiedad derribó un tabique desde la escalera al interior, dejando nuestro local a merced de cualquiera; otra, apuntalaron el cafetín que desapareció ante la piqueta; otra, cortaron el agua del edificio (aunque no pudieron detener la acometida directa del Canal al local); otra, llenaron la salida de emergencia de hormigoneras, sacos de cemento, vigas y demás impedimentos, saltándose a la torera cualquier medida de seguridad. Aquello fue la puntilla. Yo no podía mantener un local abierto en esas condiciones y me rendí.
Y nos llevamos los muebles…
Las reliquias, las vidrieras,
Los lindos polichinelas
las coquetas cupletistas,
los cortinajes de seda,
los trajes de las artistas,
las místicas candilejas.
las lámparas, los espejos,
la centenaria pianola,
el pianillo sordo y viejo,
el sofá, las dos farolas,
los mantones, los plumajes,
las rejas ajardinadas,
las fotos de personajes
que acudieron a la sala;
las alfombras, la escalera
y hasta un púlpito de bronce
(que fue devuelto a una iglesia)
Los diplomas, las vitrinas,
la araña de aquel café...
y las voces cristalinas
de las damas del cuplé.
Olga María Ramos
Junio 1.999
Nuestra amiga la vecina ciega, resistió un año. Sola en el edificio, bajaba cada día a por agua a la Plaza del dos de Mayo. Aferrada al pasamos de caoba, sorteaba como podía aquella escalera infernal, desconocida de tanto trasto acumulado. Ella, que había memorizado cada escalón, no reconocía ahora todos los escollos pérfidamente preparados para derrotarla también, lo que aconteció cuando desde el tejado dejaron al descubierto el techo. Sus muebles, sus queridos y valiosos muebles de finales del XIX, se perdieron con la lluvia. Creo que ahora vive (si aún vive) en casa de una amiga cerca de Ópera.
Si alguien se pregunta el por qué de este flash back, le aclaro que tiene que ver con la “operación guateque”. Uno de los implicadísimos es aquel depredador al que yo entonces supuse “especialista en desahucios” contratado por la propiedad…
De aquel horror ya superado me quedó un insomnio pertinaz. La ilusión por cantar no me la arrebataron.